martes, 27 de marzo de 2012

"Esto con los Medici no pasaba"

Vagancia. Esa es la razón por la que llevo sin actualizar desde hace tanto. Ella, siempre tan presente en mi vida, hace que no os pueda contar la visita de mis amigos... o quizás sí, pero otro día, quizás mañana, junto con mi vista de Ostia Antica. ¡No es tan mal plan!

Llevo durante casi una hora escuchando la misma canción, veamos si me inspira para contaros un nuevo viaje: Florencia.
Primero os pondré en situación: era viernes, el fin de semana llegaba y vemos que nuestro Erasmus cada vez pasa más deprisa. Parece que fue ayer cuando llegamos sin conocer a nadie, perdiéndonos día sí y día también por las calles de Roma... Y pensamos, ¿qué hacemos mañana? Y así fue: comprar billetes, conseguir un hotel y plantarnos en la ciudad toscana al día siguiente.

Viaje de 4 horas y a la una de la tarde estábamos ya allí. Caminamos en busca de nuestro hotel, cercano a la Piazza della Segnoria. Vimos Santa María Novella de "espaldas", el duomo (¡impresionante!), y llegamos a nuestro destino. El sitio era un poco turbio: un edificio en el cual no encontrábamos la luz, nadie nos abría la puerta... pero bueno, fueron 12 euros y era una noche.
En cuanto dejamos las cosas fuimos a comenzar nuestro fin de semana express. Nos encontramos con un mercadillo que se desarrollaba frente a nuestro hostal y donde una estatua de un jabalí te mostraba si tendrías buena fortuna: de su boca salía agua y se debe meter una moneda que caiga desde su lengua a unas rejillas; si se cuela entre las rejillas, buena suerte, si no, pues nada. Yo la colé a la primera pero la buena suerte no la olí. Me explico: olvidé mi matrícula de historia del arte en Roma así que debía en pagar en todos los sitios donde podría haber entrado gratis. Uno de ellos fue el Palazzo Pitti pero, indignada, me marché a pasear por las calles de Florencia mientras mis compañeras Aida, María, Ángela e Isabel veían dicho palacio.
En mi paseo vi muchas cosas, di la vuelta completar a la zona central de Florencia y, como no, también me perdí, con mapa incluído. Aquí os dejo algunas instantáneas de mi paseo solitario:




Después de esto, me uní a mis compañeras de ruta para ir a la Galeria Uffizi. Cola, como no, pero entramos igualmente y ¡gracias a Dios! Tiziano, Botticelli... ahí, ante mis ojos, siendo como una melodía para la vista, suave, dulce, que ojalá nunca se terminase. Debo decir que mientras pasaba los minutos entre sala y sala deseaba que mi padre estuviera allí, sé cuanto lo hubiera disfrutado. ¡Para la próxima!
Después de esto, Ángela me acompañó a un ciber para conseguir mi matrícula desde su correo y que al día siguiente me saliera todo un poquillo más rentable. Quedamos en el duomo para irnos a cenar. Comencé con el postre: gofre de nutella. ¡Hacía tantísimos que no me comía un gofre que me supo a gofre! Y ya que estamos en Italia, un trocito de pizza. Cotilleamos acerca de los líos que se cuecen tan a fuego lento (y no tan lento) dentro del Erasmus y decidimos ir dando un paseo por el río para llegar al final a Santa Croce. Y, para no cambiar mucho el plan, terminamos en una torre de vigía del río. Por supuesto pudimos dar la vuelta y observar esto... Santa Croce, de noche, llena de jovencitos alcoholizándose en sus escaleras; el San Giovanni in Laterano florentino... 
Después volvimos al hotel. Dormir, eso era lo que necesitábamos, ya demás había que cambiar la hora, lo que se resumía en 60 minutos menos de sueño. Pero lo logramos, y nos plantamos el domingo con todo el deseo del mundo de seguir investigando recovecos.

Lo primero que tocó fue la Iglesia de San Lorenzo donde no nos dejaron entrar porque había misa y donde decidimos no entrar al finalizar la misa porque nos pedían tres euros... una vergüenza que haya que pagar, vaya. Otro ejemplo de que el jabalí nos vaciló cuando se suponía que nos tenía que dar suerte. Y a esto hay que sumar que la capilla Medici estaba cerrada, que en el Palazzo Medici no colaba la matrícula de arte... 
Nos separamos. María y yo fuimos a la Galeria dell'Accademia para admirar al David de Miguel Angel mientras el resto, que ya lo había visto, seguían investigando. 
Más cola, aunque no fue ni tan larga teniendo en cuenta lo que se encontraba en su interior. Por fin iba a poder usar mi matrícula... o eso creía, infeliz de mí. "Sólo la original", nos dicen. Merecía la pena: exposición de instrumentos musicales, más cuadros, más escultiras y... el David. No se pueden sacar fotos, dicen. Picaresca española, siempre presente.

Y ya que estábamos, al museo arqueológico. Empezamos con los etruscos, por supuesto, para continuar viendo Egipto. Vasijas, esculturas, orfebrería...Momias, jeroglíficos, sarcófagos.


Llegó la unión de nuevo de las cinco para y continuar con el "turisteo". Volví a estar sola, ahora me tocaba a mi el Palazzo Pitti. Increíble, impresionante. Sin palabras. Jardines y salas, arte y más arte; época moderna, joyas, habitaciones... Y, para rematar, las escaleras estaban cubiertas por una alfombra roja. Bajar cuatro pisos y sentirme como Elizabeth Bennet en Derbyshire, sin un maravilloso vestido siglo XVIII, por supuesto.
Y desde aquí, retomé el paso ligero para llegar al lugar de encuentro predeterminado para nuestros 2 días: la plaza del duomo. Desde allí ya nos decidimos a ir yendo hacía la estación para admirar Santa María Novella y su fachada, obra de Alberti en el siglo XV.
A merendar y otras cuatro horas de regreso a la ciudad eterna. Ya en casa, vuelta a la normalidad. Peli y a dormir.

Y así ha sido mi fin de semana loco por las calles de Florencia. ¿Podría haber visto más? Seguramente, pero no hubiera sido tan maravilloso como este viaje: despreocupado, nada pensado. Único.




viernes, 9 de marzo de 2012

Nápoles, Capri. Pompeya

Sé que prometí escribir durante tres días seguidos pero entre una cosa y otra me ha sido imposible. Sin embargo, un poco de espera no viene mal, y ahora os voy a mostrar por qué.

Llegamos a Termini a la hora señalada pero de las 21 personas que nos íbamos a encaminar a este viaje solamente Cris Tenerife y Dani fueron tan puntuales como nosotras. Después del temor de que nuestra cumpleañera no llegara a tiempo, conseguimos estar en el tren camino al sur italiano. Comenzamos con un juego: tendríamos un amigo secreto durante todo el viaje con quien debíamos ser más amables que de costumbre. Lo mío fue fácil: Cris Mallorca.

Llegados ya a Nápoles, nos perdimos para encontrar el hotel, el cual resultó estar a menos de cinco minutos de la parada de metro. Las puertas napolitanas son las que nos despistaron, seguro.
Tras dejar las cosas en el lugar donde pasaríamos los dos siguientes noches, fuimos a comer la más que típica pizza Mrgherita, y tras esto comenzó el turisteo por Nápoles.

Personalmente no es la ciudad que más me ha gustado de todas las italianas que hasta el momento he tenido la suerte de ver, eso sí, es tal y como presentan en las películas hollywoodienses a los italianos: sus calles, la gente, el olor... al menos tiene mar, para mí eso es un punto muy importante. Pero lo mejor será dejaros algunas fotos para que lo comprobéis vosotros mismos. ¡Ah! Y por supuesto, mi idea de entrar a todas las tiendas Disney de todas las ciudades italiana se está cumpliendo (pero de esto no dejaré foto, tampoco hace falta mostrar mi infatilismo hasta tales puntos).




Después de ver la ciudad que se convertiría en nuestro dormitorio, volvimos al hotel. Unos decidieron salir, otros nos quedamos en el hostal, recordando que al día siguiente a las nueve de la mañana nos tocaba tomar un barco hacia Capri.

Se nos pegaron un poco las sábanas pero conseguimos llegar y la hora y media de viaje se hizo eterna por las ganas de ver la famosa islas. Muchos se quedaron dormidos para recuperar un poco de las horas desperdiciadas de la noche anterior; por mi parte debo admitir que si que di una pequeña cabezadita, supongo que el movimiento de la barca acompañaba a ello.

Capri se veía en la lejanía cuando abrí los ojos.
La fama de la isla, cuando pones el primer pie en ella, no es del todo merecida. Te imaginas un lugar con casas de los millonarios veraneantes del lugar, con bolsos de Dior en cada esquina y gafas de Gucci sobre todas las narices, pero, en cambio, lo que se presenta es un tranquilo lugar de pescadores, con las barcas decorando el inmenso mar con leves movimientos cuando llega un suave traqueteo de las olas. Pero esto sólo era una impresión. Decidimos subir andando las interminables cuestas hasta llegar al centro de la ciudad. Parecía que nunca íbamos a llegar al final pero si que lo conseguimos. Y fue allí donde vimos la riqueza, la grandeza, le pijerío por el que nuestra patria Carmen Lomana pasearía sin despeinarse.

Después de ver el centro, fuimos directos al Arco Natural. Aunque las vistas desde allí son maravillosas, mis poco acostumbradas piernas a las caminatas no paraban de quejarse y dichas quejas salían por mi boca, aunque al final debí comerme mis propias palabras porque aquello merecía la pena, la merecía mucho...

El lugar escogido para volver al barco fue un nuevo camino gracias al cual, se suponía, llegaríamos a la villa donde el emperador Tiberio había decidido pasar sus últimos días. Allí sólo nos encontramos una gruta pero decidimos continuar recto, a ver hasta donde nos llevaban nuestros pies.
El paisaje era maravilloso, caminar entre acantilados tan lejanos y a la vez tan cercanos de las aguas azules mediterráneas; pero el tiempo corría, no veíamos civilización y nuestro barco iba a zarpar con o sin nosotros. Los nervios se hacían patentes cada vez más pero lo logramos, ¡y en tiempo record!
Saboreamos un panino caprese y de vuelta Nápoles.

La noche no fue muy diferente a la anterior aunque, eso sí, el cansancio estaba más patente y la cama nos llamaba a viva voz. Somos débiles y la mayoría caímos antes de lo que esperábamos.

El tercer y último día. Pompeya. Las ganas se veían en los rostros de los historiadores que recordábamos la historia de esta ciudad: Pompeya es una ciudad perteneciente al Imperio Romano que en época del emperador Tito sufrió la explosión del volcán Vesubio el cuál cubrió toda la ciudad. Peor tenemos la suerte de poder ver todo lo recuperado de esta.
El primer punto del día al llegar a Pompeya, tras perder tres trenes que nos llevaban, era el de contratar o no contratar guía. Unos decidieron que sí, otros que no, y nos separamos para vernos más tarde en la entrada.
Mis compañeros de viaje hacia el siglo I fueron Marga, Cris, Aida y Dani, y con ellos me encaminé a descubrir las maravillas arqueológicas que esta ciudad nos ha dejado. Poco más que decir, será mejor que lo veáis...









Y por mi parte, ¡esto es todo! Espero que hayáis disfrutado de mis paseos por el sur italiano y que a la próxima tengáis la oportunidad de visitarlos en primera persona.

lunes, 5 de marzo de 2012

Il Ritorno

¿Cuánto ha pasado ya desde mi última actualización? Mucho, ¿verdad? Pues vuelvo después de esta larga espera en que se han juntado los exámenes y la pereza, y no me han permitido acceder a este blog. Han pasado varias cosas desde la última vez que escribí, lo más triste han sido las despedidas de todas aquellas personas a las que puedo llamar, con orgullo, amigos. Pero no nos pongamos tristes y vayamos al lío. Voy a dividir en tres partes estos meses de vacío:
1. Descubrimiento del Gianicolo
2. Viaje a Nápoles, Capri y Pompeya
3. Una nueva visita
Hoy es el turno del primer punto así que ¡allá vamos!

El Gianicolo es una de las colinas de Roma. Su nombre proviene del dios Jano, señor de los principios y los finales, quien con sus dos caras miraba a lo que actualmente es la ciudad de Roma y la ciudad del Vaticano.
Tras hablar con mi profesora de Historia Medieval y arreglar algunos problemillas que se me presentaron por no enterarme de la misa a la media, quedo con Ari y María para descubrir este lugar que, cuanto menos, es impresionante.
Llegamos a Trastévere; parecía que el sol nos estaba dando una tregua para que disfrutásemos del paisaje que se iba a presentar frente a nosotras en muy poco tiempo. Tras tomar un autobús tan pequeño que parecíamos sardinas en lata (y eso que sólo estábamos nosotras subidas en él), llegamos al lugar esperado. La estatua en honor a Garibaldi, uno de los personajes clave en la unificación italiana, nos da la bienvenida sobre su caballo, así como nos acompañan a lo largo de todo el paseo otros miembros importantes en dicho momento histórico (la mayoría militares, pensamos). Después de saludar a tal ilustre personalidad, nos preparamos para aprovecharnos de aquello que Roma nos deja ver y que yo os muestro a continuación...


Después de esto, ¿qué más podíamos pedir? Pues bien, la ciudad eterna, aún con su tráfico loco y algunos de sus habitantes un poco tontitos, no deja de sorprender, y mientras bajamos despacio para poder deleitarnos de cada vista que decide hacerse presente ante nuestros ojos, encontramos una nueva estatua, ésta en homenaje a la mujer del ya nombrado Garibaldi, Anita, cuya placa del gobierno de Brasil bajo su tumba deja claro que es una heroína no sólo para los italianos sino también para su propio país.
Y continuamos la visita. Más y más bustos de más y más militares revolucionarios, hasta que llegamos al límite con el Vaticano.

El sol sigue brillando, no con tanta fuerza, pero aún le queda algo que decir. La bienvenida a la ciudad del Pontífice es tan maravillosa como siempre: la basilica, la cúpula, las columnas... Es un privilegia poder decir que puedo ir allí cuando me plazca.

Ya que estábamos decidimos entrar y admirar la gran obra del gran artista Bernini: el baldaquino; y por qué no, también hacer un nuevo hallazgo: momificación de papas, uno de ellos Juan XXIII.
A la salida, nuestro amigo el astro rey que tanto nos había acompañado durante esta tarde nos dijo "no puedo más", pero nos dejó unas vistas tan maravillosas como estas.
¿Qué podíamos hacer ahora después de este día? Rematarlo del mejor modo posible: con un tiramisú, pero no uno cualquiera, si no con el mejor, el que se prepara en la Pompi (Fer jamás llegará a saber cuanto le agradezco que me haya llevado a un sitio como este :P). Aida y Ángela se apuntan al plan, nos encontramos en la parada de metro y vamos a terminar la tarde entre comentarios, risas, cotilleos y, bueno, ya sabéis, cosas de chicas ;)

Mañana volveré para mostraros un poquito más de Italia: Nápoles, Capri y Pompeya. Espero que lo disfrutéis porque a mí me alegra haber vuelto para poder contároslo.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Hoy nos toca Siena

Han pasado muchos días desde la última vez que me pasé por aquí, pero es algo que voy dejando, voy dejando... y me planto en miércoles para contar lo que hice el sábado. Típico.

Empecemos por hablar un poco del viernes. Iba a ser una maravillosa tarde en la que vería la exposición de mi querida y adorada Audrey Heburn que se encontraba expuesta hasta el día 4 de diciembre en el Museo del Ara Pacis y, ya puestos, vería dicho Ara (aunque, por suerte, está rodeado por una cristalera lo que hace que sea bastante fácil disfrutar de las características principales de la obra). Pero llegó un problema: mi entrada no era gratuita. El mismo lunes me habían comunicado que con mostrar la matrícula de estudiante de Historia podía entrar sin pagar un céntimo pero resultó que la mujercilla que se encontraba tras la taquilla decidió que eso no era así. Así que, tal y como llegué, me dí la vuelta a recorrer la Vía del Corso para quitarme las penas y, lo que es más importante, visitar de nuevo la tienda Disney (soy una fanática).
La noche no fue mejor. Mi "querida"compañera de piso celebró su cumpleaños en casa haciendo caso omiso a las peticiones que la hacíamos de que bajasen el tono ya que nosotras nos teníamos que levantar pronto. Así que el sábado a las 6.30 de la mañana estaba en pie habiendo dormido, como mucho, cinco horas. Parecía que sólo por el sueño que llevábamos sobre nuestras espaldas el viaje no iba a ser tan maravilloso... pero nos equivocamos.

Después de hacer trasbordo en Chiusi, a las 12.00 de la mañana llegamos a la estación de Siena, lugar elegido para rodar la película de "Bajo el sol de la Toscana" aunque no tuvimos la suerte de ver la casa, nos quedaba un poco alejada.
Tomamos un autobús al centro de la ciudad, que se encuentra en lo alto de una colina. No tenáimso muy claro donde debíamos bajarnos, decidimos sobre la marcha y aceptamos.
Lo primero con lo que nos encontramos fue con una plaza donde se encontraba el edificio de Correos.
Nos encontrábamos en una encrucijada: ¿hacia dónde íbamos? Comenzamos a seguir los carteles que nos mostraban el camino hacia el Duomo, la catedral de la ciudad. Algo sorprendente es justamente las indicaciones que te dan en una ciudad tan pequeña para llegar a los lugares más turísticos; en Roma, como pudimos comprobar los primeros días que nos perdíamos jornada sí jornada también, apenas hay cuatro letreros que te dicen cómo ir a los monumentos de una ciudad tan grande como es la capital italiana. Pero a lo que íbamos: Siena.

En una alta colina nos vemos subiendo y bajando cuestas sin parar, encontrando mil edificios impresionantes a cada paso que damos y sin saber cual de todos ellos será el Duomo que perseguimos. Cuando creímos encontrarlo, otra flecha aparecía salvajemente para decirnos que teníamos que continuar recto. Y nosotras, como buenas turistas, le hicimos caso.

Aquí os dejo algunas de las fotos de los edificios que vimos nada más pisar le suelo del centro histórico de Siena: una pequeña iglesia; un hermoso palacio que, para nuestra desgracia, estaba cerrado cuando llegamos; más iglesias (había una en cada esquina y cada una con un encanto especial); la plaza del mercado que aquel día se encontraba llena de pequeños puestecitos navideños siendo testigo de ello otro magnífico palacio...
  Y, al fin, llegamos a la catedral. Impresionante y bellísima mirábamos el gran Duomo de Siena, con su grandeza y magnificencia posando para todos aquellos que nos poníamos frente a ella para dedicarla un "click" de nuestras cámaras fotográficas.  
Empezamos a deambular entre las calles y los edificios de piedra en busca de un lugar donde comer. Llegamos así a un pequeño parque que se encontraba aún más alto y cuyas vistas eran espectaculares.

El bocadillo que nos hicimos nos sentó genial para poder recargar pilas y continuar nuestro tour por la ciudad toscana. Volvimos a la plaza del mercado para llevar a cabo la disgregación en dos líneas: por un lado seguimos el camino hacia otra de las iglesias y le sinagoga hebrea. La iglesia era grande y se encontraba bastante lejos aunque su interior no era todo lo magnifica que nos esperábamos, al igual que la sinagoga: nos encontramos con  una pared en honor a cientos de judíos, todo esto después de haber dado mil vueltas en su busca ya que se encontraba bajando una de las tantas callejuelas de la ciudad.


Después de esto, nos tocó seguir otra de las señales: la fuente que habla y la Iglesia de Santa Caterina. A la primera llegamos con facilidad pero a la segunda fue un poco más complicado, tanto que nos conformamos con verla desde la distancia: mirar hacía el cielo y encontrarla vigilante y expectante ante los ojos de los curiosos.


Subimos hasta San Dominico, donde se encuentra la cabeza de Santa Caterina, después de observar las banderas de los distintos barrios de la ciudad y las tiendas que hay alrededor.
Siena ya no tenía mucho más que ver (que supiéramos o nos indicaran) así que dimos una última vuelta por la ciudad para despedirnos de ella como se merecía y decidimos bajar hasta la parada de tren andando. Allí hay un gran centro comercial: paseamos por sus tiendas (Aída incluso se compró un vestido) y tomamos un café para hacer tiempo hasta la hora que teníamos que coger nuestro transporte hasta Grosseto, donde debíamos hacer escala. Vimos también una pequeña orquesta que empezó tocando "Moon River", bien conocida por todos, y continuó con villancicos para animar las fiestas. Sin embargo, ya habíamos recorrido hasta el Pc City así que subimos al primer tren que nos llevara a Grosseto y así aprovechamos para hacer un poco de turismo por otra ciudad. Dos por el precio de una.
Grosseto tampoco es demasiado grande y, además, tampoco teníamos demasiado tiempo para recorrerla entera. Aunque en un principio parecía un poco solitaria, según nos íbamos acercando al centro comprobamos que tenía su encanto así como se notaba que era sábado y las entradas de los bares estaban llenas de gente bebiendo y riendo. Vimos la plaza central que estaba custodiada por estos dos edificios que os muestro a continuación

Retornamos a la estación de trenes a esperar a aquél que nos llevaría hasta Roma. Quince minutos de retraso. Bueno, ya, ¿qué más daba? Esperar un poco más no nos iba a matar y además la noche no era fría por lo que podíamos aguantar sin problemas la espera.

Y ya estábamos de nuevo en casa. Tocaba dormir y recuperar las horas de sueño que nos habían sido robadas la noche anterior. Tenía tantas cosas en mente que hacer el domingo que el descanso se agradeció así como se agradeció que Siena nos mostrase sus maravillas en tan sólo un día de visita.



miércoles, 30 de noviembre de 2011

Cine y visita

¡Aquí Rocío de nuevo! ¿Me echabais de menos? No he escrito en estos días porque no creo que os interese saber que voy a clase y vuelvo a casa a comer Nutella de mi bote de casi un kilo. Pero ya por fin traigo novedades. Para hablar de la primera de ellas tenemos que trasladarnos al jueves cuando Aída y yo decidimos ir al cine que tenemos debajo de casa a ver "Breaking Dawn" o lo que es lo mismo "Amanecer", cuarta película de la más que famosa saga de "Crepúsculo"; admito que quizás no es la mejor peli para ir al cine pero teniamos ganas de verla, además un amigo se sumo a verla con nosotras.
La película en sí no es gran cosa pero ya que me he visto desde la primera no me voy a quedar a medias con la historia de amor entre un vampiro y una humana, sin olvidarnos del último lado del triángulo romántico que se forma con el lobito.

Sin embargo, lo importante de esta entrada viene por la visita de Ana y Ángela. Llegaron el viernes a las 19.30 hrs. con retraso, para variar con Ryanair. Esperé en Termini hasta que aparecieron entre la multitud que bajaba del autobús proveniente del aeropuerto de Ciampino. Las llevé a mi humilde morada en cuanto llegaron y las entregué allí unas sorpresitas que las tenía preparadas por no haber podido estar en su cumpleaños, el mes pasado: camiseta de RHCP para una, de Bullet for my Valentine para la otra.
Tras conocer a mi compañera de piso, Aída, nos encaminamos al autobús que nos llevó hasta Trastevere para conocer la famosa Iglesia de Santa María, en cuya pared se encuentran grabados de los primeros cristianos. Después, fuimos a cenar bruschetta, pizza funghi y pizza capricciosa para que fueran haciéndose al clima italiano. Al finalizar, el chupito en la librería nos esperaba, algo cómico esto, ¿verdad? Pero está tan bueno... Las hice caminar hasta Campo de Fiori, Piazza Navona (donde están la fuente de los cuatro ríos de Bernini y la Iglesia realizada por Borromini en época de Inocencia X), y de ahí hasta el maravilloso Panteón de Agripa. Seguimos caminando y llegamos a Piazza Venezia donde se eleva el Altar de la Patria en honor al rey Victor Manuel II quien unificó Italia (la tarta de nata para entendernos) y el palacio que da nombre a la plaza, además de la columna de Trajano y el foro de dicho emperador. Desde allí fuimos a pie hasta la parada de metro de "Colosseo" y regresamos a casa.

El segundo día fue la muerte. Nos levantamos pronto para hacer el tour Coliseo-Foro-Palatino. Como estudiante de historia tengo la gran suerte de entrar gratis y, como chicas con morro que somos, conseguimos que Ana también entrase gratis (lo siento, Ángela, no pudimos hacer nada con tu entrada).
Vimos el maravilloso Anfiteatro Flavio de arriba a abajo y, tras esto, fuimos a patear el Foro Romano y el Palatino, que se encuentra todo en la misma zona. Esto por sí solo es ya una reventada, pero ahí no podía quedar la cosa.

Fuimos a comer al Circo Massimo donde degustamos unos bocadillos del lomo que me habían traído desde España y, nada más finalizar, fuimos a mi querida Bocca della Veritá. Metimos la mano y puedo asegurar que las tres continuamos con ellas en su sitio; ya puestas bajamos a las catacumbas de Santa María in Cosmedín, aunque si no hubiéramos entrado tampoco hubiese pasado nada. Cerca está la Iglesia de San Giorgio y el arco del cruce de caminos, que también visitamos.
Después vimos Santa Sabina y desde allí nos encaminamos al conocido como Secreto de Roma. Las rosas ya están florecidas y las vistas desde el Jardín de las Naranjas es algo que realmente merece la pena, sin olvidarnos de mirar por la mirilla de la Orden de los Caballeros de Malta que te depara una sorpresa bien grata. Decidida a que saboreasen la gastronomía romana, volvimos al Panteón donde las lleve a una heladería que tiene cien sabores distintos de helado. El duplo fue el sabor común para las tres cuyo gusto es un extraño pero muy bueno; por mi parte fue acompañado con nutella, mis compañeras, además, le sumaorn un tercer sabor: chocolate negro Ana y avellana Ángela. Cómo no podía ser de otra forma, lo degustamos mientras nuestra vista también se recreaba con la gran obra de Marco Agripa. Al finalizarlo, fuimos a por el café de San Eustaquio, una pequeña cafetería que es conocida por ser la que tiene el mejor café de Roma y os puedo asegurar que no es una exageración.

Si no recuerdo mal, regresamos a casa donde preparamos la cena, estuvimos hablando y fuimos a dormir para descansar lo suficiente.

El domingo llegó y con él el viaje a Tivoli. Conocimos la Villa Adriana: impresionante es poco. ¡Qué bien vivían los emperadores romanos! Tívoli está cerca de Roma así que no tardamos demasiado en llegar, pero "la casita de campo" de Adriano es bastante grande por lo que salimos justo para comer. Aunque habíamos hecho bocadillos (esta vez de salchichón) compramos un poco de pizza al taglio y las hice probar el supli: una especie de croqueta rellena de arroz, tomate y queso, muy típica.

Después de llenar nuestros estómagos fuimos hasta la Villa d'Este, otra villa majestuosa aunque de época más cercana a nosotros que la del emperador del siglo II d.C. Rodeada de agua por todas partes, en su interior se encuentra un órgano que suena por la presión que este elemento hace sobre los tubos del instrumento.

A la noche cenamos en Frascati, donde nos divertimos de lo lindo y cuyas fotos no pueden ser mostradas aquí porque las caras de locas que tenemos no son aptas para todos los públicos.

Al día siguiente nos levantamos un poco más tarde pero nos dio tiempo a visitar la Iglesia de San Giovanni in Laterano y el mercadillo que se encuentra al lado de esta basilica, así como el centro comercial del Coin.
Regresamos a mi Universidad donde habíamos quedado con Aída para comer en la mensa y, tras esto, volvimos al metro para conocer las zonas de la línea A. 
Primero Piazza de Spagna con su fuente, sus escalinatas y sus tiendas de las más grandes firmas. Encontramos sin querer el Ara Pacis, algo que me alegró en gran medida ya que hasta el 4 de diciembre se encuentra en su interior una muestra sobre fotos de Audrey Hepburn. 
Medio perdidas porque esa zona no la tenía controlada, conseguimos llegar a la Fontana di Trevi y, por suerte, ya había oscurecido, momento del día en que ésta tiene más encanto. Tiramos las monedas de rigor y retomamos nuestra caminata hasta la Piazza del Popolo, con su obelisco y sus Iglesias exactamente iguales, a excepción de sus cúpulas: una circular, la otra obalada. 
Y llegó el momento de descubrir el País de los Sueños, o lo que es lo mismo la tienda de Disney que se encuentra en la Vía del Corso. Allí compré a mi nueva mascota: Perry el Ornitorrinco, agente secreto. Ya os dije que iba a terminar comprándome algo allí, y ya he cumplido mi promesa. Soy feliz con tan poco...
Tocó salir a una fiesta Erasmus aunque por desgracia no estaba demasiado animada por lo que mis amigas no  pudieron disfrutar del auténtico ambiente que se respira entre los estudiantes de intercambio.

Y así llegó el martes, último día de visitas. Tras mi clase de italiano, fuimos al Vaticano sin ninguna esperanza, simplemente para que conocieran la Plaza de San Pedro. Sin embargo, la suerte estaba de nuestro lado y conseguimos entrar sin ningún tipo de cola, aunque algo tenía que salir mal: subir a la cúpula era costoso para nuestro bolsillo y la entrada a los Museos Vaticanos no era gratis por culpa de llegar 15 minutos tarde. 
Volvimos al Panteón, comimos pizza al taglio y nos tomamos un cappuccino de postre, tipycal italian.
Fuimos a una gran librería para descubrir un poco de otro tipo de cultura y regresamos a Piazza Venezia donde decidimos ir a ver el Teatro Marcello. Allí Ángela fue feliz al conseguir un trozo del valioso mármol de Carrara que protegerá con su vida. Y, al igual que el Ara Pacis, descubrimos la Isola Tiberina por casualidad.
De regreso a casa, las llevé a comprar unas galletas muy conocidas aquí y que están riquísimas: Pan de Stelle, y nos agradecieron nuestra hospitalidad con más galletas. ¿Puedo quejarme de amigas? Claramente no, ya que, además, desde Cantabria habían venido cargaditas de regalos gastronómicos.

Hoy es miércoles, hoy mis amigas han regresado a España. Puedo asegurar que ha sido una gran visita y que, por suerte, en unas semanas volveré a España para verlas de nuevo y, por supuesto, para ver de nuevo a toda aquella gente a quien echo tanto de menos.