viernes, 9 de marzo de 2012

Nápoles, Capri. Pompeya

Sé que prometí escribir durante tres días seguidos pero entre una cosa y otra me ha sido imposible. Sin embargo, un poco de espera no viene mal, y ahora os voy a mostrar por qué.

Llegamos a Termini a la hora señalada pero de las 21 personas que nos íbamos a encaminar a este viaje solamente Cris Tenerife y Dani fueron tan puntuales como nosotras. Después del temor de que nuestra cumpleañera no llegara a tiempo, conseguimos estar en el tren camino al sur italiano. Comenzamos con un juego: tendríamos un amigo secreto durante todo el viaje con quien debíamos ser más amables que de costumbre. Lo mío fue fácil: Cris Mallorca.

Llegados ya a Nápoles, nos perdimos para encontrar el hotel, el cual resultó estar a menos de cinco minutos de la parada de metro. Las puertas napolitanas son las que nos despistaron, seguro.
Tras dejar las cosas en el lugar donde pasaríamos los dos siguientes noches, fuimos a comer la más que típica pizza Mrgherita, y tras esto comenzó el turisteo por Nápoles.

Personalmente no es la ciudad que más me ha gustado de todas las italianas que hasta el momento he tenido la suerte de ver, eso sí, es tal y como presentan en las películas hollywoodienses a los italianos: sus calles, la gente, el olor... al menos tiene mar, para mí eso es un punto muy importante. Pero lo mejor será dejaros algunas fotos para que lo comprobéis vosotros mismos. ¡Ah! Y por supuesto, mi idea de entrar a todas las tiendas Disney de todas las ciudades italiana se está cumpliendo (pero de esto no dejaré foto, tampoco hace falta mostrar mi infatilismo hasta tales puntos).




Después de ver la ciudad que se convertiría en nuestro dormitorio, volvimos al hotel. Unos decidieron salir, otros nos quedamos en el hostal, recordando que al día siguiente a las nueve de la mañana nos tocaba tomar un barco hacia Capri.

Se nos pegaron un poco las sábanas pero conseguimos llegar y la hora y media de viaje se hizo eterna por las ganas de ver la famosa islas. Muchos se quedaron dormidos para recuperar un poco de las horas desperdiciadas de la noche anterior; por mi parte debo admitir que si que di una pequeña cabezadita, supongo que el movimiento de la barca acompañaba a ello.

Capri se veía en la lejanía cuando abrí los ojos.
La fama de la isla, cuando pones el primer pie en ella, no es del todo merecida. Te imaginas un lugar con casas de los millonarios veraneantes del lugar, con bolsos de Dior en cada esquina y gafas de Gucci sobre todas las narices, pero, en cambio, lo que se presenta es un tranquilo lugar de pescadores, con las barcas decorando el inmenso mar con leves movimientos cuando llega un suave traqueteo de las olas. Pero esto sólo era una impresión. Decidimos subir andando las interminables cuestas hasta llegar al centro de la ciudad. Parecía que nunca íbamos a llegar al final pero si que lo conseguimos. Y fue allí donde vimos la riqueza, la grandeza, le pijerío por el que nuestra patria Carmen Lomana pasearía sin despeinarse.

Después de ver el centro, fuimos directos al Arco Natural. Aunque las vistas desde allí son maravillosas, mis poco acostumbradas piernas a las caminatas no paraban de quejarse y dichas quejas salían por mi boca, aunque al final debí comerme mis propias palabras porque aquello merecía la pena, la merecía mucho...

El lugar escogido para volver al barco fue un nuevo camino gracias al cual, se suponía, llegaríamos a la villa donde el emperador Tiberio había decidido pasar sus últimos días. Allí sólo nos encontramos una gruta pero decidimos continuar recto, a ver hasta donde nos llevaban nuestros pies.
El paisaje era maravilloso, caminar entre acantilados tan lejanos y a la vez tan cercanos de las aguas azules mediterráneas; pero el tiempo corría, no veíamos civilización y nuestro barco iba a zarpar con o sin nosotros. Los nervios se hacían patentes cada vez más pero lo logramos, ¡y en tiempo record!
Saboreamos un panino caprese y de vuelta Nápoles.

La noche no fue muy diferente a la anterior aunque, eso sí, el cansancio estaba más patente y la cama nos llamaba a viva voz. Somos débiles y la mayoría caímos antes de lo que esperábamos.

El tercer y último día. Pompeya. Las ganas se veían en los rostros de los historiadores que recordábamos la historia de esta ciudad: Pompeya es una ciudad perteneciente al Imperio Romano que en época del emperador Tito sufrió la explosión del volcán Vesubio el cuál cubrió toda la ciudad. Peor tenemos la suerte de poder ver todo lo recuperado de esta.
El primer punto del día al llegar a Pompeya, tras perder tres trenes que nos llevaban, era el de contratar o no contratar guía. Unos decidieron que sí, otros que no, y nos separamos para vernos más tarde en la entrada.
Mis compañeros de viaje hacia el siglo I fueron Marga, Cris, Aida y Dani, y con ellos me encaminé a descubrir las maravillas arqueológicas que esta ciudad nos ha dejado. Poco más que decir, será mejor que lo veáis...









Y por mi parte, ¡esto es todo! Espero que hayáis disfrutado de mis paseos por el sur italiano y que a la próxima tengáis la oportunidad de visitarlos en primera persona.

lunes, 5 de marzo de 2012

Il Ritorno

¿Cuánto ha pasado ya desde mi última actualización? Mucho, ¿verdad? Pues vuelvo después de esta larga espera en que se han juntado los exámenes y la pereza, y no me han permitido acceder a este blog. Han pasado varias cosas desde la última vez que escribí, lo más triste han sido las despedidas de todas aquellas personas a las que puedo llamar, con orgullo, amigos. Pero no nos pongamos tristes y vayamos al lío. Voy a dividir en tres partes estos meses de vacío:
1. Descubrimiento del Gianicolo
2. Viaje a Nápoles, Capri y Pompeya
3. Una nueva visita
Hoy es el turno del primer punto así que ¡allá vamos!

El Gianicolo es una de las colinas de Roma. Su nombre proviene del dios Jano, señor de los principios y los finales, quien con sus dos caras miraba a lo que actualmente es la ciudad de Roma y la ciudad del Vaticano.
Tras hablar con mi profesora de Historia Medieval y arreglar algunos problemillas que se me presentaron por no enterarme de la misa a la media, quedo con Ari y María para descubrir este lugar que, cuanto menos, es impresionante.
Llegamos a Trastévere; parecía que el sol nos estaba dando una tregua para que disfrutásemos del paisaje que se iba a presentar frente a nosotras en muy poco tiempo. Tras tomar un autobús tan pequeño que parecíamos sardinas en lata (y eso que sólo estábamos nosotras subidas en él), llegamos al lugar esperado. La estatua en honor a Garibaldi, uno de los personajes clave en la unificación italiana, nos da la bienvenida sobre su caballo, así como nos acompañan a lo largo de todo el paseo otros miembros importantes en dicho momento histórico (la mayoría militares, pensamos). Después de saludar a tal ilustre personalidad, nos preparamos para aprovecharnos de aquello que Roma nos deja ver y que yo os muestro a continuación...


Después de esto, ¿qué más podíamos pedir? Pues bien, la ciudad eterna, aún con su tráfico loco y algunos de sus habitantes un poco tontitos, no deja de sorprender, y mientras bajamos despacio para poder deleitarnos de cada vista que decide hacerse presente ante nuestros ojos, encontramos una nueva estatua, ésta en homenaje a la mujer del ya nombrado Garibaldi, Anita, cuya placa del gobierno de Brasil bajo su tumba deja claro que es una heroína no sólo para los italianos sino también para su propio país.
Y continuamos la visita. Más y más bustos de más y más militares revolucionarios, hasta que llegamos al límite con el Vaticano.

El sol sigue brillando, no con tanta fuerza, pero aún le queda algo que decir. La bienvenida a la ciudad del Pontífice es tan maravillosa como siempre: la basilica, la cúpula, las columnas... Es un privilegia poder decir que puedo ir allí cuando me plazca.

Ya que estábamos decidimos entrar y admirar la gran obra del gran artista Bernini: el baldaquino; y por qué no, también hacer un nuevo hallazgo: momificación de papas, uno de ellos Juan XXIII.
A la salida, nuestro amigo el astro rey que tanto nos había acompañado durante esta tarde nos dijo "no puedo más", pero nos dejó unas vistas tan maravillosas como estas.
¿Qué podíamos hacer ahora después de este día? Rematarlo del mejor modo posible: con un tiramisú, pero no uno cualquiera, si no con el mejor, el que se prepara en la Pompi (Fer jamás llegará a saber cuanto le agradezco que me haya llevado a un sitio como este :P). Aida y Ángela se apuntan al plan, nos encontramos en la parada de metro y vamos a terminar la tarde entre comentarios, risas, cotilleos y, bueno, ya sabéis, cosas de chicas ;)

Mañana volveré para mostraros un poquito más de Italia: Nápoles, Capri y Pompeya. Espero que lo disfrutéis porque a mí me alegra haber vuelto para poder contároslo.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Hoy nos toca Siena

Han pasado muchos días desde la última vez que me pasé por aquí, pero es algo que voy dejando, voy dejando... y me planto en miércoles para contar lo que hice el sábado. Típico.

Empecemos por hablar un poco del viernes. Iba a ser una maravillosa tarde en la que vería la exposición de mi querida y adorada Audrey Heburn que se encontraba expuesta hasta el día 4 de diciembre en el Museo del Ara Pacis y, ya puestos, vería dicho Ara (aunque, por suerte, está rodeado por una cristalera lo que hace que sea bastante fácil disfrutar de las características principales de la obra). Pero llegó un problema: mi entrada no era gratuita. El mismo lunes me habían comunicado que con mostrar la matrícula de estudiante de Historia podía entrar sin pagar un céntimo pero resultó que la mujercilla que se encontraba tras la taquilla decidió que eso no era así. Así que, tal y como llegué, me dí la vuelta a recorrer la Vía del Corso para quitarme las penas y, lo que es más importante, visitar de nuevo la tienda Disney (soy una fanática).
La noche no fue mejor. Mi "querida"compañera de piso celebró su cumpleaños en casa haciendo caso omiso a las peticiones que la hacíamos de que bajasen el tono ya que nosotras nos teníamos que levantar pronto. Así que el sábado a las 6.30 de la mañana estaba en pie habiendo dormido, como mucho, cinco horas. Parecía que sólo por el sueño que llevábamos sobre nuestras espaldas el viaje no iba a ser tan maravilloso... pero nos equivocamos.

Después de hacer trasbordo en Chiusi, a las 12.00 de la mañana llegamos a la estación de Siena, lugar elegido para rodar la película de "Bajo el sol de la Toscana" aunque no tuvimos la suerte de ver la casa, nos quedaba un poco alejada.
Tomamos un autobús al centro de la ciudad, que se encuentra en lo alto de una colina. No tenáimso muy claro donde debíamos bajarnos, decidimos sobre la marcha y aceptamos.
Lo primero con lo que nos encontramos fue con una plaza donde se encontraba el edificio de Correos.
Nos encontrábamos en una encrucijada: ¿hacia dónde íbamos? Comenzamos a seguir los carteles que nos mostraban el camino hacia el Duomo, la catedral de la ciudad. Algo sorprendente es justamente las indicaciones que te dan en una ciudad tan pequeña para llegar a los lugares más turísticos; en Roma, como pudimos comprobar los primeros días que nos perdíamos jornada sí jornada también, apenas hay cuatro letreros que te dicen cómo ir a los monumentos de una ciudad tan grande como es la capital italiana. Pero a lo que íbamos: Siena.

En una alta colina nos vemos subiendo y bajando cuestas sin parar, encontrando mil edificios impresionantes a cada paso que damos y sin saber cual de todos ellos será el Duomo que perseguimos. Cuando creímos encontrarlo, otra flecha aparecía salvajemente para decirnos que teníamos que continuar recto. Y nosotras, como buenas turistas, le hicimos caso.

Aquí os dejo algunas de las fotos de los edificios que vimos nada más pisar le suelo del centro histórico de Siena: una pequeña iglesia; un hermoso palacio que, para nuestra desgracia, estaba cerrado cuando llegamos; más iglesias (había una en cada esquina y cada una con un encanto especial); la plaza del mercado que aquel día se encontraba llena de pequeños puestecitos navideños siendo testigo de ello otro magnífico palacio...
  Y, al fin, llegamos a la catedral. Impresionante y bellísima mirábamos el gran Duomo de Siena, con su grandeza y magnificencia posando para todos aquellos que nos poníamos frente a ella para dedicarla un "click" de nuestras cámaras fotográficas.  
Empezamos a deambular entre las calles y los edificios de piedra en busca de un lugar donde comer. Llegamos así a un pequeño parque que se encontraba aún más alto y cuyas vistas eran espectaculares.

El bocadillo que nos hicimos nos sentó genial para poder recargar pilas y continuar nuestro tour por la ciudad toscana. Volvimos a la plaza del mercado para llevar a cabo la disgregación en dos líneas: por un lado seguimos el camino hacia otra de las iglesias y le sinagoga hebrea. La iglesia era grande y se encontraba bastante lejos aunque su interior no era todo lo magnifica que nos esperábamos, al igual que la sinagoga: nos encontramos con  una pared en honor a cientos de judíos, todo esto después de haber dado mil vueltas en su busca ya que se encontraba bajando una de las tantas callejuelas de la ciudad.


Después de esto, nos tocó seguir otra de las señales: la fuente que habla y la Iglesia de Santa Caterina. A la primera llegamos con facilidad pero a la segunda fue un poco más complicado, tanto que nos conformamos con verla desde la distancia: mirar hacía el cielo y encontrarla vigilante y expectante ante los ojos de los curiosos.


Subimos hasta San Dominico, donde se encuentra la cabeza de Santa Caterina, después de observar las banderas de los distintos barrios de la ciudad y las tiendas que hay alrededor.
Siena ya no tenía mucho más que ver (que supiéramos o nos indicaran) así que dimos una última vuelta por la ciudad para despedirnos de ella como se merecía y decidimos bajar hasta la parada de tren andando. Allí hay un gran centro comercial: paseamos por sus tiendas (Aída incluso se compró un vestido) y tomamos un café para hacer tiempo hasta la hora que teníamos que coger nuestro transporte hasta Grosseto, donde debíamos hacer escala. Vimos también una pequeña orquesta que empezó tocando "Moon River", bien conocida por todos, y continuó con villancicos para animar las fiestas. Sin embargo, ya habíamos recorrido hasta el Pc City así que subimos al primer tren que nos llevara a Grosseto y así aprovechamos para hacer un poco de turismo por otra ciudad. Dos por el precio de una.
Grosseto tampoco es demasiado grande y, además, tampoco teníamos demasiado tiempo para recorrerla entera. Aunque en un principio parecía un poco solitaria, según nos íbamos acercando al centro comprobamos que tenía su encanto así como se notaba que era sábado y las entradas de los bares estaban llenas de gente bebiendo y riendo. Vimos la plaza central que estaba custodiada por estos dos edificios que os muestro a continuación

Retornamos a la estación de trenes a esperar a aquél que nos llevaría hasta Roma. Quince minutos de retraso. Bueno, ya, ¿qué más daba? Esperar un poco más no nos iba a matar y además la noche no era fría por lo que podíamos aguantar sin problemas la espera.

Y ya estábamos de nuevo en casa. Tocaba dormir y recuperar las horas de sueño que nos habían sido robadas la noche anterior. Tenía tantas cosas en mente que hacer el domingo que el descanso se agradeció así como se agradeció que Siena nos mostrase sus maravillas en tan sólo un día de visita.



miércoles, 30 de noviembre de 2011

Cine y visita

¡Aquí Rocío de nuevo! ¿Me echabais de menos? No he escrito en estos días porque no creo que os interese saber que voy a clase y vuelvo a casa a comer Nutella de mi bote de casi un kilo. Pero ya por fin traigo novedades. Para hablar de la primera de ellas tenemos que trasladarnos al jueves cuando Aída y yo decidimos ir al cine que tenemos debajo de casa a ver "Breaking Dawn" o lo que es lo mismo "Amanecer", cuarta película de la más que famosa saga de "Crepúsculo"; admito que quizás no es la mejor peli para ir al cine pero teniamos ganas de verla, además un amigo se sumo a verla con nosotras.
La película en sí no es gran cosa pero ya que me he visto desde la primera no me voy a quedar a medias con la historia de amor entre un vampiro y una humana, sin olvidarnos del último lado del triángulo romántico que se forma con el lobito.

Sin embargo, lo importante de esta entrada viene por la visita de Ana y Ángela. Llegaron el viernes a las 19.30 hrs. con retraso, para variar con Ryanair. Esperé en Termini hasta que aparecieron entre la multitud que bajaba del autobús proveniente del aeropuerto de Ciampino. Las llevé a mi humilde morada en cuanto llegaron y las entregué allí unas sorpresitas que las tenía preparadas por no haber podido estar en su cumpleaños, el mes pasado: camiseta de RHCP para una, de Bullet for my Valentine para la otra.
Tras conocer a mi compañera de piso, Aída, nos encaminamos al autobús que nos llevó hasta Trastevere para conocer la famosa Iglesia de Santa María, en cuya pared se encuentran grabados de los primeros cristianos. Después, fuimos a cenar bruschetta, pizza funghi y pizza capricciosa para que fueran haciéndose al clima italiano. Al finalizar, el chupito en la librería nos esperaba, algo cómico esto, ¿verdad? Pero está tan bueno... Las hice caminar hasta Campo de Fiori, Piazza Navona (donde están la fuente de los cuatro ríos de Bernini y la Iglesia realizada por Borromini en época de Inocencia X), y de ahí hasta el maravilloso Panteón de Agripa. Seguimos caminando y llegamos a Piazza Venezia donde se eleva el Altar de la Patria en honor al rey Victor Manuel II quien unificó Italia (la tarta de nata para entendernos) y el palacio que da nombre a la plaza, además de la columna de Trajano y el foro de dicho emperador. Desde allí fuimos a pie hasta la parada de metro de "Colosseo" y regresamos a casa.

El segundo día fue la muerte. Nos levantamos pronto para hacer el tour Coliseo-Foro-Palatino. Como estudiante de historia tengo la gran suerte de entrar gratis y, como chicas con morro que somos, conseguimos que Ana también entrase gratis (lo siento, Ángela, no pudimos hacer nada con tu entrada).
Vimos el maravilloso Anfiteatro Flavio de arriba a abajo y, tras esto, fuimos a patear el Foro Romano y el Palatino, que se encuentra todo en la misma zona. Esto por sí solo es ya una reventada, pero ahí no podía quedar la cosa.

Fuimos a comer al Circo Massimo donde degustamos unos bocadillos del lomo que me habían traído desde España y, nada más finalizar, fuimos a mi querida Bocca della Veritá. Metimos la mano y puedo asegurar que las tres continuamos con ellas en su sitio; ya puestas bajamos a las catacumbas de Santa María in Cosmedín, aunque si no hubiéramos entrado tampoco hubiese pasado nada. Cerca está la Iglesia de San Giorgio y el arco del cruce de caminos, que también visitamos.
Después vimos Santa Sabina y desde allí nos encaminamos al conocido como Secreto de Roma. Las rosas ya están florecidas y las vistas desde el Jardín de las Naranjas es algo que realmente merece la pena, sin olvidarnos de mirar por la mirilla de la Orden de los Caballeros de Malta que te depara una sorpresa bien grata. Decidida a que saboreasen la gastronomía romana, volvimos al Panteón donde las lleve a una heladería que tiene cien sabores distintos de helado. El duplo fue el sabor común para las tres cuyo gusto es un extraño pero muy bueno; por mi parte fue acompañado con nutella, mis compañeras, además, le sumaorn un tercer sabor: chocolate negro Ana y avellana Ángela. Cómo no podía ser de otra forma, lo degustamos mientras nuestra vista también se recreaba con la gran obra de Marco Agripa. Al finalizarlo, fuimos a por el café de San Eustaquio, una pequeña cafetería que es conocida por ser la que tiene el mejor café de Roma y os puedo asegurar que no es una exageración.

Si no recuerdo mal, regresamos a casa donde preparamos la cena, estuvimos hablando y fuimos a dormir para descansar lo suficiente.

El domingo llegó y con él el viaje a Tivoli. Conocimos la Villa Adriana: impresionante es poco. ¡Qué bien vivían los emperadores romanos! Tívoli está cerca de Roma así que no tardamos demasiado en llegar, pero "la casita de campo" de Adriano es bastante grande por lo que salimos justo para comer. Aunque habíamos hecho bocadillos (esta vez de salchichón) compramos un poco de pizza al taglio y las hice probar el supli: una especie de croqueta rellena de arroz, tomate y queso, muy típica.

Después de llenar nuestros estómagos fuimos hasta la Villa d'Este, otra villa majestuosa aunque de época más cercana a nosotros que la del emperador del siglo II d.C. Rodeada de agua por todas partes, en su interior se encuentra un órgano que suena por la presión que este elemento hace sobre los tubos del instrumento.

A la noche cenamos en Frascati, donde nos divertimos de lo lindo y cuyas fotos no pueden ser mostradas aquí porque las caras de locas que tenemos no son aptas para todos los públicos.

Al día siguiente nos levantamos un poco más tarde pero nos dio tiempo a visitar la Iglesia de San Giovanni in Laterano y el mercadillo que se encuentra al lado de esta basilica, así como el centro comercial del Coin.
Regresamos a mi Universidad donde habíamos quedado con Aída para comer en la mensa y, tras esto, volvimos al metro para conocer las zonas de la línea A. 
Primero Piazza de Spagna con su fuente, sus escalinatas y sus tiendas de las más grandes firmas. Encontramos sin querer el Ara Pacis, algo que me alegró en gran medida ya que hasta el 4 de diciembre se encuentra en su interior una muestra sobre fotos de Audrey Hepburn. 
Medio perdidas porque esa zona no la tenía controlada, conseguimos llegar a la Fontana di Trevi y, por suerte, ya había oscurecido, momento del día en que ésta tiene más encanto. Tiramos las monedas de rigor y retomamos nuestra caminata hasta la Piazza del Popolo, con su obelisco y sus Iglesias exactamente iguales, a excepción de sus cúpulas: una circular, la otra obalada. 
Y llegó el momento de descubrir el País de los Sueños, o lo que es lo mismo la tienda de Disney que se encuentra en la Vía del Corso. Allí compré a mi nueva mascota: Perry el Ornitorrinco, agente secreto. Ya os dije que iba a terminar comprándome algo allí, y ya he cumplido mi promesa. Soy feliz con tan poco...
Tocó salir a una fiesta Erasmus aunque por desgracia no estaba demasiado animada por lo que mis amigas no  pudieron disfrutar del auténtico ambiente que se respira entre los estudiantes de intercambio.

Y así llegó el martes, último día de visitas. Tras mi clase de italiano, fuimos al Vaticano sin ninguna esperanza, simplemente para que conocieran la Plaza de San Pedro. Sin embargo, la suerte estaba de nuestro lado y conseguimos entrar sin ningún tipo de cola, aunque algo tenía que salir mal: subir a la cúpula era costoso para nuestro bolsillo y la entrada a los Museos Vaticanos no era gratis por culpa de llegar 15 minutos tarde. 
Volvimos al Panteón, comimos pizza al taglio y nos tomamos un cappuccino de postre, tipycal italian.
Fuimos a una gran librería para descubrir un poco de otro tipo de cultura y regresamos a Piazza Venezia donde decidimos ir a ver el Teatro Marcello. Allí Ángela fue feliz al conseguir un trozo del valioso mármol de Carrara que protegerá con su vida. Y, al igual que el Ara Pacis, descubrimos la Isola Tiberina por casualidad.
De regreso a casa, las llevé a comprar unas galletas muy conocidas aquí y que están riquísimas: Pan de Stelle, y nos agradecieron nuestra hospitalidad con más galletas. ¿Puedo quejarme de amigas? Claramente no, ya que, además, desde Cantabria habían venido cargaditas de regalos gastronómicos.

Hoy es miércoles, hoy mis amigas han regresado a España. Puedo asegurar que ha sido una gran visita y que, por suerte, en unas semanas volveré a España para verlas de nuevo y, por supuesto, para ver de nuevo a toda aquella gente a quien echo tanto de menos.

viernes, 28 de octubre de 2011

Viaje al Véneto: Pádova, Venecia y Verona

Había desaparecido pero estoy un poco liada con los estudios y eso que de momento sólo estoy subrayando, no quiero saber cuando lleguen los exámenes... Pero aquí estamos para hablar de cosas felices y así os contaré mi viaje.

Salimos desde la estación de Pirámide la noche del jueves, después de haber escrito nuestra carta a Julieta. Intentar dormir en el autobús fue una tarea complicada así que siete horas de viaje entre alguna cabezadilla de media hora, con frío y cansancio. Y así llegamos a Pádova al fin. Es una ciudad con tintes medievales cuya plaza central es el principal atractivo de ésta.
En este viaje hemos conocido a gente nueva: desde tres chicas madrileñas, dos chicos andaluces y un grupo de norteños venidos desde Euskadi a europeizarnos con alemanes y franceses. Esto es lo maravilloso del Erasmus, compartir y conocer personas que en otras circunstancias no sería posible. 

Descubrimos el jardín botánico en el que los estudiantes de medicina hacían sus prácticas antaño para conocer las diferentes propiedades de las plantas existentes. Una maravilla el contemplar una palmera de 1585 o el temor al estar al lado de una carnívora.

Después de llegar al hotel para descansar decidimos ir a comer. Unos cuantos nos reunimos en un restaurante cercano al albergue donde degustamos, en nuestra mayoría, pizza. Una pizza enorme. Creí que no me la iba a terminar pero estaba demasiado rica para dejarla en el plato sola y abandonada.
Tras esto, comenzó el tour por la ciudad. Encontramos algo muy curioso frente a la universidad: un chico subido en un banco leyendo un papiro mientras sus amigos le tiraban huevos y tomates por la cabeza. Esto tiene su motivo: cuando alguien se gradúa, se le hacen estas bromas a modo de "despedida" de la vida estudiantil. Cómico cuanto menos.
Debo admitir que lo que me encantó el reloj que había en una de las plazas. Tenía marcadas las horas del día como XXIV y alrededor de la esfera los signos zodiacales a excepción de Libra. ¿Qué habéis hecho a Pádova los nacidos entre el 23 de Septiembre y el 22 de Octubre?

Después de finalizar la ruta, terminamos todos juntos en un bar para tomar una bebida típica de la zona del Véneto llamada Spritz. Asqueroso, así de claro lo digo. Puede ser que al primer sorbo te sientas reticente a continuar y que con el segundo empieces a saborearlo pero, confieso, que no quiero volver a hacer la prueba, continuaré con mis cervezas que sé que esas saben bien, sea cual sea su marca.





Y después de eso, una vuelta por la ciudad por nuestra cuenta donde descubrimos la Disney Store, parada obligatoria para alguien tan fanática de Disney (fue obligatoria aquí, en Venecia y en Verona). Por mí me hubiera comprado toda la tienda pero no tenía suficiente dinero además de ser objetos algo caros, pero prometo desde aquí que no me iré de la capital italiana sin haberme comprado algo en su Disney Store (un peluche, ¿quizás? Conociéndome seguro que sí).
De vuelta al hotel, nos arreglamos un poco para ir a cenar a la mensa de la Universidad de Pádova, mucho mejor que la romana he de decir, y después, con nuestros recién estrenados amigos alemanes, fuimos a un bar a terminar la noche. Aunque no la terminé. A las doce ya estaba en la cama durmiendo para poder aguantar el día veneciano. 
¡Oh! ¿Cómo olvidarme del Gatamelatta? Señor condotiero, fue un gusto estudiarlo y puedo asegurarle que también ha sido verlo aunque me lo imaginaba un poco más grande... Donatello no cubrió del todo mis expectativas...


Y así es como llegó. Otro día soleado al norte de Italia. Desayuno y al tren. Hubo un grupo que se perdió por lo que debimos esperar media hora a que aparecieran en nuestro radar y tomar el transporte que nos dejaría en la ciudad de los canales. 

Nada más salir de la estación me siento como Angelina Jolie en "The tourist"; tengo la suerte de ver el mismo paisaje del que ella disfruta nada más llegar a Venecia. Y me enamoro por llegar. Todo el mundo habla de la magnífica ciudad de Venecia, y ahora entiendo porqué. Conocimos el barrio viejo, el barrio nuevo, cruzamos mil canales, dimos un breve paseo en góndola, caminamos sobre el Puente Rialto, comimos pizza en forma de góndola e... hicimos compras. Lo impresionante era ver las máscaras tan maravillosas que se encontraban en todos los escaparates y pensar cómo es esa ciudad cuando llega el carnaval: un baile en el que tus amigos se convierten en desconocidos ocultos tras un antifaz, con hermosos vestidos y pelucas de época. La magia está servida.
Y tras esto tocaba el plato fuerte: San Marco. Mi sorpresa fue encontrar palomas, muchas palomas, pero no tantas como me habían hecho imaginarme.
La hermosa basílica se presentaba ante nosotros como la mejor anfitriona que pudiéramos tener, majestuosa y brillante, con algún que otro secreto en su interior. Cuentan algunos entendidos en el tema que la tumba que guarda en su interior esta iglesia no es la del Santo si no la de otro personaje no menos importante en la historia: Alejandro Magno. Tras una serie de revueltas en Alejandría la única forma de proteger los restos del Grande fueron con la pequeña mentirijilla de que en realidad el evangelista iba dentro. Creer o no creer, eso ya es cosa de cada uno.

Y en ese mismo lugar llegó mi momento esperado, el momento por el que había estado dando la vara a todo el que se me pusiera al lado, y es que pude mirar a los ojos a la mismísima Biblioteca Marciana. No, no me he vuelto loca, es un edificio, lo sé, pero tenerla en frente ha sido como conocer a un gran ídolo: la información histórica que guarda en su interior y aquella que tendrá y que no desea que sea vista es lo que la hace ser tan especial.
Regresamos a Pádova después de intentar "salvar nuestras vidas" al pasar por la parte exterior de una columna. Me explico: cuando alguien estaba condenado a muerte, podía continuar con su vida si conseguía pasar de lado a lado sin sujetarse a la columna. El suelo está muy gastado, todos resbalamos, y ahí es donde hubieran acabado nuestras vidas. Pero no fue el caso, obviamente. 
Cenamos en el hotel y después fuimos a la plaza ya nombrada en Pádova, la principal, para hacer botellón y continuar la fiesta del fin de semana. Teníamos que aguantar, aún quedaba Verona.

A la mañana siguiente el cansancio se veía en la cara de todos los que estábamos allí así que no quedaba otra que intentar dormir en el autobús que nos llevaba a ver la ciudad de Romeo y Julieta. Mis nervios estuvieron patentes desde que pisamos el lugar. ¡Quería dejar mi carta al mito romántico! Conocimos el anfiteatro, iglesias, estatuas... Conocimos la otra cara de Verona.
Y después de comer tocaba conocer a Julieta. El pobre Romeo está olvidado, también os digo. 
Ya en la entrada, las ganas de llegar hasta la estatua del personaje de Shakespeare se palpaban en el ambiente. El pequeño pasillo que hay hasta llegar a su jardín nos daba la bienvenida con pintadas de enamorados y un cartel de "Españoles por el mundo" para recordar un poco nuestro país. Y ahí estábamos. Sobre nuestras cabezas el balcón donde la joven Capuleto declaraba su amor a un Montesco, enemigo acérrimo de su familia desde generaciones, y mientras, yo, en el lugar donde Romeo estaría oculto antes de mostrarse ante su amada y declararle lo que siente. ¿No es precioso poder imaginarse esa escena?
Después de dejar la carta entre candados de enamorados y tocar el pecho a Julieta para conseguir el amor verdadero antes de que termine el año, recogimos nuestros bártulos y regresamos a Roma. Viaje largo y cansado, algo animado por la música pero eso no hizo me pudiera levantar a las 7.30 de la mañana para ir a clase. Por suerte, era clase voluntaria (quiero sentirme menos culpable de este modo). Y así acaba nuestro viaje. Tres días, tres ciudades. Tres días, mil amigos nuevos. Tres días, infinitos recuerdos maravillosos e imborrables.
Y aquí, os dejo como "regalo" alguna que otra foto más. ¡Disfrutadla!